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§Historias02 de junio de 20265 min de lectura

Tag Heuer S/el: cuando el deporte aprendió a llevar traje

La historia del cronógrafo que cambió lo que significaba llevar un reloj deportivo en los noventa — y por qué hoy sigue siendo uno de los más interesantes del mercado de colección

Por Redacción Belagua

Corría 1985 cuando un grupo de inversores compró la centenaria firma suiza Heuer y cambió su nombre para siempre. Las siglas TAG —Techniques d'Avant Garde— se pegaron al apellido familiar como una declaración de intenciones. La marca que durante décadas había fabricado cronómetros para la Fórmula 1, para los Juegos Olímpicos, para los pilotos de aviación, iba a convertirse en otra cosa. No iba a abandonar el deporte, pero iba a salir de él. Iba a entrar en las ciudades.

El problema era que nadie había resuelto bien esa ecuación todavía. En 1992, si querías un reloj de lujo, comprabas suizo, mecánico y caro. Si querías algo que aguantara lo que le echaras encima, comprabas japonés, de cuarzo y funcional. Lo que no existía —o existía de forma torpe— era el punto de encuentro: un reloj hecho con criterio suizo, construido para el uso real, que no desentonara con un traje gris marengo ni con un mono de piloto. Tag Heuer lo llamó S/el. Sports Elegance. Y la idea era exactamente tan sencilla y tan difícil como suena.

Lo que no existía en 1992 era el punto de encuentro entre el reloj de lujo y el reloj deportivo. Tag Heuer lo llamó S/el y apostó fuerte.

Un objeto que sabía exactamente lo que era El S/el no intentaba parecer más caro de lo que era, ni más técnico, ni más elegante. Esa honestidad es lo primero que llama la atención cuando se mira uno hoy, treinta años después. La caja de 37 milímetros era lo suficientemente discreta para desaparecer bajo el puño de la camisa, pero tenía un peso en la muñeca que recordaba constantemente que estaba ahí. El acabado mezclaba superficies cepilladas y pulidas con una coherencia que muchos relojes del doble de precio no consiguen. Y la esfera negra —en la referencia más icónica, la 573.006— era un manual de legibilidad: índices claros, tres contadores de cronógrafo sin aglomeraciones, una aguja de segundos con punta roja que cortaba el fondo como un bisturí.

El movimiento era de cuarzo. En aquella época eso no era ninguna vergüenza —el renacimiento del mecánico todavía no había llegado con toda su fuerza— y Tag Heuer eligió el calibre ETA 251.262, un módulo de cronógrafo capaz de medir hasta la centésima de segundo. Precisión real, no decorativa. El mismo tipo de exigencia que la marca aplicaba a los cronómetros que cronometraban la Fórmula 1 desde la línea de meta.

Las referencias que hay que conocer La gama S/el se desplegó en varias versiones a lo largo de los noventa. La 573.006 —esfera negra, bisel negro, brazalete de acero— es la más codiciada y la que mejor encarna el espíritu original. La 573.513 introdujo la esfera azul. Existen también versiones en dos tonos, con combinaciones de acero y oro, y referencias con correa de caucho que muchos coleccionistas consideran las más puras de toda la familia. La década que lo convirtió en icono Tag Heuer eligió a Ayrton Senna como cara de la marca en aquellos años, y la imagen del piloto brasileño con el S/el en la muñeca recorrió las páginas de medio mundo. Pero reducir la historia del reloj a ese patrocinio sería injusto con el objeto en sí. El S/el vendió porque funcionaba, porque tenía un precio que lo ponía al alcance de una generación joven con poder adquisitivo, y porque llenaba un hueco que el mercado relojero no había cubierto. Senna lo llevó. Millones de personas que no sabían nada de Fórmula 1 también.

Las campañas publicitarias de aquellos años —fondo negro, luz de estudio, el reloj solo en el encuadre— rompían con la estética almibarada de la relojería de lujo tradicional. No había paisajes suizos, no había violines, no había señores de pelo cano en yates. Había un objeto. La propuesta era directa: esto es lo que es, te gusta o no te gusta. A una generación que crecía con una nueva idea del éxito —más activa, más urbana, menos encorsetada— le gustó mucho.

Por qué merece atención hoy El S/el lleva décadas en ese limbo extraño que ocupan los objetos que fueron muy populares: demasiado comunes para ser raros, demasiado buenos para ser ignorados. Durante años, el mercado de colección lo pasó por alto precisamente porque había demasiados. Ahora, lentamente, ese exceso de oferta se está corrigiendo: los ejemplares en buen estado con brazalete completo y caja original escasean, y quienes los encuentran empiezan a entender lo que tienen.

Un S/el en condición correcta —brazalete sin eslabones sueltos, cristal de zafiro sin rayaduras profundas, cronógrafo funcionando con sus tres pulsadores— puede encontrarse hoy entre 600 y 1.800 euros según la referencia y el estado. Para ese dinero es difícil encontrar en el mercado vintage un cronógrafo suizo de los noventa con más carácter, mejor historia y más facilidad de uso diario. El cuarzo, que en su momento fue una elección de modernidad, es hoy una ventaja práctica: no necesita mantenimiento regular, no pierde hora, no requiere cuerda.

Hay algo casi irónico en ello. El reloj que nació para unir el deporte y la elegancia ha terminado siendo, con los años, también el reloj más sensato de todos. El que puedes llevar sin miedo, el que funciona sin pedirte nada, el que cuando alguien lo reconoce en tu muñeca sabe exactamente qué época representa. Los noventa tenían sus defectos, pero en esto acertaron.

Ficha técnica · Tag Heuer S/el ref. 573.006

Año 1992 – aprox. 2000 Caja Acero inoxidable, 37 mm Cristal Zafiro antirreflejo Movimiento Cuarzo ETA 251.262, cronógrafo 1/100 s Agua 200 metros Correa Acero articulado o caucho negro Precio hoy 600 – 1.800 € según estado

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